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Manuel Luis Rodríguez U.

Enviada el: 2011-11-08

REQUIEM PARA RAÚL RUIZ

El viernes, hice mi comentario cultural de la mañana sin que la conductora del programa de noticias me informara.
Cuando me llama William: Oye, ¿no dijiste nada sobre tu amigo Ruiz?
Pensé en otro premio, alguna novedad. Luego  supe lo peor y corté.
Fue un viernes negro. Se me vienen tantas cosas a la cabeza que no se por donde partir.
Por eso, trato de aliviar la pena, recordando aspectos graciosos y me da lo mismo si alguna vez los puse en estas columnas.
Desde un punto de vista de la lógica relacionada con la capacidad hepática del ser humano, que Raúl haya fallecido a los setenta años constituye un mérito. Enrique Lihn pasó a otro mundo mucho más joven.
Tímido, introvertido en lo relacionado con su vida personal, se explayaba con gusto y sin límites sobre temas que le apasionaban.
Con todo lo grosero y coprolálico que pudo haber sido Roberto Matta, Raúl se erigía en la contraparte de la reserva, la mesura, la ausencia del garabato en su lenguaje, su visión casi monacal del sexo. Esto queda demostrado -igual como en el cine de Woody Allen-, que en  su obra que alcanza a 118 largometrajes, jamás muestra un desnudo.
De humor fino e inesperado, solía decir: “Te invito al cine, estaremos solos porque mis películas no las ve nadie”.
Buscábamos un restaurant y de pronto Ruiz dice: “Almorcemos aquí”. Y estamos debajo de un letrero de un local de comida japonesa  que se llama “Aki”.
En su manera de alternar con sus actores, se hizo amigo de John Malkovic, Martin Landau y de Catherine Deneuve. Con esta última solía irse de copas al hotel Lutecia, siempre  en plano de sana amistad.
Su matrimonio de casi 40 años con la ex alumna suya y directora (montajista de gran parte de sus películas) Valeria Sarmiento, porteña de tomo y lomo, era armónico y las disputas entre ambos, escasas. Por lo menos en público.
Cuando tuvo lugar la cena oficial en el palacio del Eliseo, como motivo de la visita de Estado de Eduardo Frei Ruiz Tagle a Francia, Raúl Ruiz rehusó asistir en un principio: “Se van a reír de mi en este barrio si me ven de smoking (Ruíz tenía uno que usaba para sus frecuentes galas en el festival de cine de Cannes)”. Valeria insistió en ir y yo le amenacé con enviarle un grupo de policías motoristas que rodearan el vehículo si persistía en su obstinación. Finalmente Ruiz fue a la cena y lo único que lamentó fue lo extenso de los discursos que durante el desarrollo inhibía beber los vinos de gran categoría servidos en la ocasión. Mientras, en otra ala de la mesa,  Matta clamaba ante estupefactas y muy emperifolladas madame francesas: “Matta cama, Matta pico Matta damas”.
En estas páginas aludimos la relación de Raúl Ruiz con Magallanes; vino siendo adolescente en el barco capitaneado por su padre, financista de su primer largometraje en el que actúa el natalino Luis Alarcón: Tres tristes tigres”. “El techo de la ballena” cuya acción se desarrolla en Puerto Edén, fue rodado en Róterdam, Holanda. Otra de las rarezas de Ruiz pero la dictadura de Pinochet y su L en el pasaporte le inhibían concretar la realización en este lugar histórico.
Ruiz jamás perdió su chilenidad, pese a su residencia de 36 años en Francia; lo cual sorprende cuando escuchamos a otros artistas o futbolistas con breve residencia en el exterior, retornar al país con acentos adquiridos.
En el año 2005, dormí siesta en su cama en el departamento de Raúl y Valeria en el bulevar de Belleville. A mi lado, un velador con un extraño y de gran formato;  instrumental que, deduje en el momento, era para diálisis o algo por el estilo. El año pasado supimos de un trasplante de hígado que funcionó hasta que el cuerpo debilitado cedió  a través del pulmón.
La vida de los Ruiz era bastante sencilla. En sus viajes a Chile venia a ver sus padres don Tito, fallecido a comienzos de la década pasada y doña Olga, en el 2009. En Paris eran sagrados los almuerzos dominicales con otra pareja si hijos, el poeta Waldo Rojas con su esposa Eli Godoy (hija del periodista Juan Godoy). Las empanadas eran infaltables y de vez en cuando una torta mil hojas preparada por una chilena que vivía en la periferia de la capital gala.
Hago fe que Ruiz fue absolutamente fiel a su pareja y la única voladura suya fue con Patricia Rivadeneira cuyas locuras lo encandilaron en una película que filmó en Chiloé con la actriz actualmente radicada en Italia. Pero fue algo platónico y Ruiz tenía prohibido mencionar el nombre de quien fuera novia de Marco Enríquez-pre Doggenweiler-, pues temía herir al único amor de su vida. Supongo que Valeria supo de este encandilamiento pero en esta relación de tantas reservas, nada afloró.
En otra oportunidad, supe que Valeria Sarmiento estaba invitada al festival de Biarritz y que Raúl se encontraba en otro país.  Como íbamos a coincidir, llamé al departamento y comencé a grabar el mensaje en el contestador: “Qué rico que vayas a Biarritz, te llamaré, vamos a comer y a bailar”. No bien hube pronunciado esta última palabra cuando escucho la voz de Raúl: “Valeria no esta, pero puedes llamarla esta noche a las nueve”. Quedé mudo e imagino la sonrisa pícara de Ruiz, de quien supe, era tremendamente celoso aun cuando no lo demostraba.
Pero todos amábamos a Valeria pero nadie se le habría insinuado. ¿Quién hubiese sido capaz de mirarle a los ojos al chilote de Paris?
El propio cineasta contaba que John Hurt de visita al departamento de los Ruiz corría detrás de la Sarmiento cuando ella iba a la cocina.
En 1992 con motivo del Ojo que miente en Cannes, le pregunté a Hurt: ¿Qué le atrae más en Ruiz, su magia, sus películas o Valeria?
-Vaya el aprieto en que me pone-respondió el actor inglés, protagonista de ese film.
No recuerdo su respuesta.
Al realizador no le encantaba ver su obra en público., Incluso en Cannes, apenas de apagaban las luces de la sala, desaparecía con el compositor de casi todas las bandas incidentales de sus films, Jorge Arriagada Cousin. Ambos hacían hora bebiendo unos loros de tinto en Le Petit Casino, situado al frente del Palacio de Congresos. En el interior, Valeria Sarmiento sufría lo suyo.
Era en Cannes, durante el festival precisamente que con la llegada de Ruiz, alguien  inició un grito que se escuchaba al comienzo de  todas las funciones: Rauuuuul. Un chileno, fan del  puertomontino, lo impuso y esto perduró durante muchos años.
Así, lo que fueron Matta y Bravo en la pintura, desaparece para el Séptimo Arte  la figura de Raúl Ruiz, merecedor de los grandes premios de Venecia y Berlín, más otros muy significativos. El Palmar de Cannes le fue esquivo pero es probable, como suele ocurrir en la Costa Azul, que la Palma en honor a la trayectoria, sea otorgada a la viuda en la versión 2012 del acontecimiento cinematográfico.

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